El Reino Movedizo
Durante mi adolescencia, comprar libros representaba un pequeño lujo. No tenía demasiado dinero, así que cada sábado esperaba con emoción el mercado ambulante que se instalaba cerca de mi casa. Mientras otras personas buscaban ropa o películas pirata, yo caminaba entre los puestos revisando montones de novelas usadas y cubiertas gastadas con la esperanza de encontrar alguna historia capaz de llevarme lejos por unos días. Casi siempre volvía a casa con un libro bajo el brazo.
Tenía además una costumbre muy particular: antes de dormir dejaba la lectura de turno sobre mi buró para tomarla apenas despertara y leer un rato antes del desayuno. Me gustaba comenzar las mañanas así, todavía medio dormida, con la casa en silencio y una novela abierta entre las manos. Por eso, un domingo, cuando estiré la mano buscando el libro que había comprado el día anterior y no lo encontré, algo dentro de mí se tensó de inmediato. Pensé que tal vez lo había dejado en otro sitio. Brinqué de la cama y fui directo a mi librero. No estaba allí.
Repasé una y otra vez en mi mente el momento en que llegué a casa la tarde anterior, intentando recordar dónde había dejado el libro. Primero busqué en los lugares habituales: bajo los muebles, en las repisas y dentro de los cajones. Al no encontrar nada, pregunté a todos en casa; pero negaron rotundamente haberlo visto. Estuve gran parte del día buscándolo y, mientras más reconstruía en mi memoria mis pasos de la tarde anterior, más insoportable se volvía no encontrarlo. Me sentía tan estúpidamente descuidada que por momentos quería arrancarme el cabello de la desesperación. ¿Cómo era posible que perdiera algo tan valioso? ¿En qué momento lo había soltado? ¿Dónde demonios podía estar?
Los días transcurrieron entre las idas a la secundaria, la tarea y una búsqueda cada vez más obstinada. Revisé la casa tantas veces que terminé conociendo de memoria rincones a los que antes nunca prestaba atención. Cuando la lógica dejó de ofrecer respuestas, empecé a buscar en lugares absurdos: dentro de la lavadora, entre las macetas del patio, en la maleta donde mamá guardaba los documentos importantes y hasta en la caja de herramientas de papá. Después llegaron las sospechas. Pensé que mis hermanas lo habían escondido para hacerme una broma pesada; luego recordé que unos primos habían visitado la casa y terminé convencida de que alguno se lo había llevado. Me enfurecía imaginar aquella historia lejos de mí, atrapada en manos ajenas. Lo absurdo era que ni siquiera había leído una sola página y, aun así, sentía que alguien me había robado una aventura que era solo mía.
Lo que más me desesperaba era recordar la emoción que sentí al encontrarlo. Aún podía verme deteniéndome frente al puesto del mercado, apartando con cuidado una novela tras otra hasta descubrir aquella portada. Tuve la certeza inmediata de que sostenía algo especial, una de aquellas historias que parecen esperarnos desde hace años y que uno presiente inolvidables antes de leer la primera página. Mientras más revivía aquel instante, más insoportable resultaba aceptar que el libro hubiera desaparecido.
Mi desesperación terminó contagiando al resto de la familia. Una tarde, Lupe dejó a un lado la tarea para ayudarme a mover los sillones de la sala, mientras Nelia abría cajones y sacaba ollas en la cocina.
—Si aparece, me debes un refresco —dijo Lupe con un brazo metido entre los cojines del sofá.
—Y si lo encuentro yo, me lavas mis calcetas —bromeó Nelia.
No tenía ánimo para responder. Abría puertas y revisaba armarios con la obstinación de quien sabe perfectamente que busca algo real.
Mi madre observó en silencio todo aquel desorden durante varios minutos. Cuando me vio revisar por segunda vez el mismo cajón, apoyó una mano sobre el marco de la puerta y habló con una tranquilidad que me desconcertó.
—Probablemente lo soñaste.
La miré sin entender cómo podía llegar a semejante conclusión.
—No estoy inventando cosas.
—No digo que inventes nada. Solo que los sueños, a veces, parecen muy reales.
Negué con la cabeza antes de que terminara la frase.
—Lo compré. Me acuerdo perfectamente.
Para convencerla empecé a describir el libro una vez más. Recordaba la portada llena de color, el grabado del centro, el lomo, el grosor, el peso cuando lo sostuve en el mercado y hasta la aspereza del cartón bajo las yemas de los dedos. Mientras hablaba, el libro aparecía completo frente a mí, tan nítido que me resultaba imposible aceptar que nadie más pudiera recordarlo.
Mis hermanas permanecieron en silencio unos segundos. Luego Lupe volvió a hablar.
—Bueno… ¿y cómo se llamaba el libro?
Abrí la boca para responder.
La respuesta debía estar allí. Era imposible haber olvidado un detalle tan simple. Cerré los ojos un instante, convencida de que bastaría con hacer un poco de memoria.
No apareció nada.
Fruncí el ceño.
—No… no me acuerdo.
Nelia intervino desde la cocina.
—¿Quién era el autor?
Sentí un ligero vacío en el estómago.
Volví a buscar entre mis recuerdos. Podía ver la portada con absoluta claridad. Recordaba el lugar donde la había encontrado en el mercado, el momento en que la levanté del montón de novelas usadas y la satisfacción de llevarla de regreso a casa. Sin embargo, el nombre del autor parecía haberse borrado por completo.
—Tampoco me acuerdo.
Las tres me miraron sin decir una palabra.
Lupe hizo un último intento.
—Bueno… ¿y de qué trataba?
Aquella pregunta resultaba todavía más sencilla.
O al menos eso creí.
Busqué alguna escena. El nombre de un personaje. Una frase de la contraportada. Cualquier detalle que me permitiera reconstruir la historia.
Nada.
Ni una sola imagen.
Era como si el libro hubiera existido únicamente por fuera.
Sentí que algo comenzaba a desacomodarse dentro de mí.
¿Cómo podía recordar con tanta precisión el objeto y, al mismo tiempo, no conservar ni el menor rastro de su contenido?
Mi madre suspiró con paciencia.
No sonreía. No intentaba burlarse de mí. Más bien parecía observar a alguien que acababa de descubrir una verdad incómoda.
—¿Ves por qué creo que lo soñaste?
Nadie volvió a decir nada.
Yo tampoco.
Aquella noche me acosté dándole vueltas al asunto. Por primera vez acepté la posibilidad de que hubiera algo extraño en todo aquello, aunque seguía negándome a creer que mi madre tuviera razón. Al día siguiente volví a revisar mi cuarto antes de ir a la escuela. También lo hice al regresar por la tarde. Dejé de vaciar cajones y mover muebles con desesperación, pero nunca dejé de mirar dos veces cualquier rincón donde pudiera caber un libro.
La búsqueda terminó apagándose poco a poco.
No porque hubiera encontrado una respuesta.
Simplemente me fui cansando.
Aun así, durante muchos meses seguí sintiendo una tristeza difícil de explicar. Era una sensación parecida a la que deja la muerte de una mascota durante la infancia. El mundo continuaba exactamente igual; la rutina seguía su curso y nadie más parecía pensar en ello. Sin embargo, algo muy querido había desaparecido y yo no encontraba la manera de resignarme.
Mucho tiempo después, hojeando una vieja revista de divulgación científica, encontré una explicación que me hizo volver de inmediato a aquella mañana. El artículo hablaba de un fenómeno curioso: durante los sueños el cerebro puede inventar ciudades enteras, construir conversaciones completas y hacernos creer que vivimos experiencias perfectamente coherentes. Sin embargo, cuando intenta reproducir lenguaje escrito, algo falla. Las palabras cambian de lugar, las frases se deshacen y resulta extraordinariamente difícil leer un texto estable.
Entonces comprendí por qué nunca había logrado recordar el título.
Ni el autor.
Ni la historia.
El mercado, el trayecto de regreso a casa, la emoción de haber encontrado una novela maravillosa y la sensación de llevarla bajo el brazo seguían intactos en mi memoria.
Las palabras impresas pertenecían a otro reino.
Un reino movedizo.
Han pasado muchos años y todavía, de vez en cuando, siento una pequeña sensación de pérdida. No tiene ninguna lógica extrañar un libro que nunca existió, pero la tristeza rara vez obedece a la lógica. Tal vez por eso nunca he dejado de buscar. Cada vez que tomo una novela de un estante y observo una portada por primera vez, una parte de mí sigue creyendo que, entre todas ellas, algún día volverá a aparecer aquel libro que encontré una sola vez mientras dormía…
…y que nunca pude leer.
Thank you, dear @fictograma@lemmy.world , but... why the LLM/AI generated empty sorrowful image... why...
Why devalue and obliterate the overall written hard work with the generated empty nonsense...
I've just found a few in my own photography backups, and not a single bit in them was generated by some sorrowful LLM effortless bloody sad algorithm...
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These took around 30 minutes each to capture and edit a little bit, but I feel a weight and value in them, where someone put an actual effort in.
While any sorrow generated by a random awful LLM has no value, and never will.
Please... please... don't devalue you written miracles with an empty sorrow generated from LLMs based on stolen art of now unknown other people effort meatground inside these models...
Please do consider capturing a moment for your works... to be left in the history You created... a work that will live after you... and someone may find a miracle in... to learn from...
Please... do consider your history you create...